«Trémula» – Centro Social Blas Infante
Foto portada: Ana Palma – Galería fotográfica completa
No han quedado para ensayar porque van vestidos de punta en blanco. Además, han acudido a la cita numerosos compañeros de gremio de ambos, de Heredia, de Sellés. Y el Centro Social Blas Infante va cogiendo color con los días, esto está casi lleno; algunas hasta se animan a venir caminando desde el centro. “Tampoco está tan lejos”, se oye decir. Si no fuera por lo anterior, podríamos decir que asistimos a la puesta de largo de un ensayo, de un juego, de un ejercicio de dos bailaores enamorados del cante. Pero es algo más. Como diría el autor de Carnaval Juan Carlos Aragón: es la comunión de la gente cantando.
No se trata, pues, de cambiar de epígrafe con Hacienda y dejar de hacer lo que ya hacen sobradamente dotados -bailar-, sino de ampliar el registro de las herramientas artísticas, hacer músculo ahí. Algo que, por otra parte, no resulta extraño en el flamenco y que, además, está muy de moda en los últimos tiempos. Así las cosas, Trémula se presenta como un ejercicio compartido de baile y de cante que, de estructura sencilla y sin artificios escénicos, alterna números individuales con momentos a dos. Son estos últimos los que vigorizan una pieza que a ratos cae en la lenta y poco sorprendente concatenación de solos, cuando lo realmente interesante y lo que necesitamos es asomarnos a la novedad que aparece cuando Miguel Ángel y Alberto se integran, hacen en común, dialogan, tejen. Vaciarnos de esas certezas, llenarnos de esa intimidad compartida.
En cualquier caso, lo que realmente marca la diferencia de esta propuesta es la forma en que ambos bailaores escuchan decir el cante y responden ante él: Miguel Ángel Heredia destaca por su expresividad inconfundible, mientras que Alberto Sellés impresiona con su precisión y velocidad, generando los dos momentos inolvidables, especialmente por siguiriya, por alegrías, por tientos y, cómo no, por bulerías. Conocen muy bien los entresijos de los cantes, por profesión y por afición, y se les notan rebuscar en los recovecos. Aun así, hay momentos en los que la repetición lumínica y algunas transiciones previsibles restan fluidez a la puesta en escena. Aunque los cambios de ubicación y el uso de distintos rincones del escenario aportan variedad, el conjunto aún no termina de cuajar por completo. Con más rodaje, el espectáculo podría alcanzar mayor cohesión y capacidad de sorpresa para sacar el máximo partido a una materia prima llena de potencial.
A pesar de todo, nunca están solos, pues el atrás estuvo de campeonato: Paco Vega a la percusión, Juan de la María e Iván Carpio al cante y un tremendo Jesús Rodríguez a la guitarra. La elección del equipo nunca es baladí, pero es que en este caso los cantaores se dejaron las entrañas en su acompañamiento, y no sólo al acompañar su baile, sino y especialmente cuando Heredia y Sellés declaraban su amor por su repertorio cantado con esos jaleos de respaldo y esas sonrisillas de perplejidad ante algún hallazgo sorprendente. ¡Ay! Lo rara que es la vida, lo raro que es el mundo, y de repente, estos momentitos. Para qué más.