«El manto y su ojo» – Teatro Villamarta – 2 de marzo 2025 – Festival de Jerez
Fotografía Ana Palma – Galería fotográfica & vídeo
Algo que jamás podríamos reprocharle a Eduardo Guerrero es su capacidad inagotable de anticiparse a la sorpresa de quien le mira. Anoche, en un Teatro Villamarta en el que aún quedaban rescoldo y brillo del trepidante Muerta de Amor de Liñán, el gaditano estrenó El manto y su ojo, un turbador e inexplicable viaje del que salimos, en palabras de la poeta uruguaya Peri Rossi,
como de una catástrofe aérea,
(…)
y nos despedimos con la vaga sensación
de haber sobrevivido
aunque no sabíamos para qué.
Tras sus anteriores pasos por el Festival de Jerez con el luminoso Debajo de los pies en 2021 y su posible opuesto (por oscuro, lento, agonizante) Bailar no es sólo bailar en 2023, el bailaor parece unir en esta propuesta ambas líneas expresivas en las que bucea, investiga y se mueve con igual soltura. Una, ésa que explora y explota su imagen crística y sus aledaños visuales más contemporáneos, donde retuerce el costillar con figuras inalcanzables y pide ambiente fúnebre, de ayuno y penitencia, al borde de la agonía. Y la otra, más cerca de la vida vívida, de su Cádiz natal, de los colores tangibles y mundanos; ésa en la que despliega un baile exuberante y disfrutón, velocísimo, de gran exigencia corporal y riqueza técnica, expresiva y escénica. Realmente no son dos mundos tan separados: en el planeta Guerrero son líneas que se cruzan.
Así pues, sin claros cables a tierra, como un globo aerostático desde el más allá, y con las cobijadas de Vejer de la Frontera y la razón poética de María Zambrano como asideros, El manto y su ojo se vertebra como un caos premeditado a través de una sucesión de números inconexos y poderosamente ejecutados. Así son los sueños: ingobernables, misteriosos, detonadores. Y, a caballo entre el duermevela, el gozo, lo pesadillesco y lo naif, el bailaor consigue introducirnos en su visión de las cosas, aunque no sepamos para qué ni dónde está la salida cuya puerta, a ratos, desearíamos cruzar.
Evidentemente, no viaja solo. En esa interdependencia sobresale el ramillete variopinto y sólido de cobijadas, esas mujeres vejeriegas de manto y saya que visten para la ocasión las cantaoras Felipa del Moreno, Anabel Rivera, Pilar Sierra La Gineta, Rosario Heredia, Samara Montáñez y Julia Acosta, mención especial para esta bailaora que recita y canta y con quien Guerrero elabora un paso a dos por sevillanas para relamerse un día entero. Sevillanas coreografiadas, como todo el movimiento grupal, por la almeriense Mariana Collado, aunque el programa de mano la obvie injustamente. Ese grupo de mujeres es el verdadero sostén y guía de este recorrido lleno de pausas e interrupciones que parecen innecesarias y que, sin embargo logran, por la misma misteriosa razón por la que soñamos, que sigamos con la mirada ese punto blanco que contrasta sobre el faldón azul marino del Villamarta. Es Guerrero que, improvisando o no, va en busca de quien quien le cante una letra, “que yo te la bailo”, dijo. Y ahí recuperó hasta a esa parte del público más desconectada, con el encuentro feliz con Luis de Perikín, creador de la música del espectáculo junto al guitarrista Pino Losada, que le tira un par de letritas por bulerías para regocijo y sorpresa de todos.
La pataíta, las sevillanas a dos, los tangos que cantó la nieta de Juanito Villar y la portentosa farruca en tándem con un Losada pletórico sobre la tarima, de lo mejor de la noche. Y el rescate de Zambrano, figura nunca suficientemente reconocida, y uno de sus mantras: camina y busca. Y soñar no aparece porque a Guerrero le sale natural, aunque en la vigilia tenga que bailar a punta de pistola.